Algún día en 2011, se hacía fuerte el rumor de que había un niño en Brasil demasiado bueno para la liga local, un nuevo “nuevo pelé”. Ante los ojos cada vez más curiosos y cada vez más numerosos, el nombre de Neymar sonaba en el eco de lo que había dejado alguna vez Robinho, no mucho antes, como el último nuevo Pelé que Santos había dejado.

Ante él, el Rey abdicado, Ronaldinho.

En un partido en que se vio desde un gol que eventualmente le valió el premio Puskas al ahora símbolo del PSG, Santos ganaba 3-0 y se veía cómodo, pero le dio la pelota a Ronaldinho, como para alimentar el espectáculo. Y eso es lo que fue.

El partido incluyó un hat-trick, un tiro libre ingenioso, un penal a lo Panenka atajado y en el que el arquero se puso a dominar tras tomar la pelota y el salto de Neymar a todas las pantallas del mundo.