Luego de una decepcionante temporada a nivel de resultados y sensaciones, Pumas ha iniciado una nueva era bajo el mando del institucional David Patiño. Asentado sobre lo que parece ser un 4-2-3-1 innegociable, el cuadro universitario comenzó ganando ante el Pachuca de Keisuke Honda como visitante de la mano de un pletórico Nicolás Castillo y las primeras muestras de talento de Matías Alustiza, con una remontada que transmitió todo lo que no había podido transmitir el equipo en los últimos meses.

Si el modelo asociativo que trató de instaurar Juan Francisco Palencia se quedó corto por falta de calidad y garantías en el circuito de pases, el efímero proyecto de Sergio Egea, con un 5-3-2 que transpiraba anticompetitividad, fracasó por falta de coherencia y estructura. Por eso no extraña que Patiño haya apostado, de inicio, por un bloque compacto sin demasiadas pretensiones ni licencias con y sin balón.

“Lo de Matías Alustiza es muy evidente, le da al equipo un golpe de calidad”, David Patiño

No estamos hablando precisamente de un elegido del último pase, ni mucho menos, pero se trata de un futbolista con mucho sentido para moverse y recibir entre líneas, imaginativo en el último tercio y capaz de significarse como una amenaza legítima desde la frontal con su portentoso golpeo de balón con ambas piernas.

Por cifras, determinación y agresividad, quizá hablemos más de un segundo delantero que de un mediapunta convencional; lo cierto es que, a reserva de tener un panorama más claro sobre el rol que están dispuestos a ofrecerle en el Olímpico, parece ser una pieza especialmente complementaria con la idea a desarrollar y con el talento suficiente para darle otra dimensión a ese escalón previo al omnipotente Nico Castillo.

Si Alustiza se mantiene a tono físicamente -el gran asterisco de su trayectoria en México– y logra convencer a Patiño de que es un jugador con los pulmones suficientes para iniciar partidos, puede ser algo parecido a aquel Ignacio Scocco que la rompió con Ricardo Ferretti en el subcampeonato de 2007 ante Atlante. Está clarísimo que el equipo es de Nicolás Castillo, pero entregarse a un zurdo que regatea, asiste y marca con cierta continuidad nunca ha sido un mal negocio desde que se inventó el fútbol.

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