Todo conocemos a alguna persona que desprecia el deporte, principalmente el futbol. Que si pan y circo, que si el opio del pueblo, que si solo es una distracción… en fin, mil comentarios les valen para hacer menos a un deporte que ha demostrado muchas veces que puede ir mucho más allá que un simple método de entretenimiento. En 1998 cuando Francia ganó la Copa del Mundo siendo país sede, hubo tanta gente festejando en los Campos Elíseos como no se veía desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El deporte también es política. A veces en la esencia, otras veces como herramienta. Negarlo es simplificar lo que rodea todo el rectángulo verde y a las 22 personas jugando dentro del mismo. Incluso hay veces que el deporte es el vil reflejo de la sociedad de un país, aunque esto es un tema que se podrá debatir en otra ocasión.

Verano de 1996. Jugadores como Desailly, Loko, Karembeu, Guérin y Zidane son señalados, principalmente por el Frente Nacional (nacionalistas de extrema derecha) al no cantar La Marsellesa en los partidos de Francia. Jean-Marie Le Pen llegó a decir que eran jugadores extranjeros que no tenían que estar jugando con Les Blues.

Las respuestas de los jugadores no faltaron en plena Eurocopa del 96. “Soy francés, le guste o no, llevo la camiseta de Francia y es mi forma de ser patriota”, dijo Marcel Desailly. “Con o sin Marsellesa, represento a mi país con agallas, no con discursos”, replicó Karembeu. Esto solamente era un episodio más de un problema que iba in crescendo cada momento.

Los conflictos y falta de identidad 

Entre 1995 y 1996, Francia sufrió varios ataques terroristas. El que más destacó sobre los demás fue el que se dio en la estación de meto Port Royal, el cual dejó ocho muertos y 159 heridos. Este ataque fue atribuido a un francés nacido en Lyon, de origen argelino y que estaba ligado al GIA (Grupo Islámico Armado).

A raíz de todos estos acontecimientos, el tema para los inmigrantes se volvió mucho más difícil. El gobierno de derecha comenzó a poner muchas trabas y hasta hicieron modificaciones a la ley respecto a la estadía de visitantes foráneos al país.

Mientras todo esto pasaba, la Selección de Francia fue muy criticada por la falta de identidad que tenían con el país, sin embargo fue un problema que pasó a segundo término cuando cayeron en semifinales de la EURO 1996 en manos de la República Checa.

La prensa francesa se lanzó a cortar cabezas y Zinedine Zidane y el entrenador Aimé Jacquet fueron los que peor parados salieron. Al jugador le criticaron haber tenido un rendimiento “mediocre” en las semifinales y al seleccionador el haber dejado fuera a David Ginola y Eric Cantona para darle los galones del equipo al mismo Zidane y a Youri Djorkaeff.

Francia era tildado de ser un equipo sin idea, sin estilo definido. El hecho de que Jacquet rescindiera de un juego atractivo con tal de buscar la victoria a cualquier costo era algo que no gustaba. Además, con el Mundial en puerta y siendo el país anfitrión, la preocupación tanto de prensa como de los aficionados, era evidente.

Los dos años previos a la Copa del Mundo se mantuvo con un equipo francés algo gris, consiguiendo resultados que no convencían y que acrecentaban las dudas de cara a la cita mundialista. Aún así, la Federación Francesa de Futbol confío en su director técnico.

El Mundial

Ya para el Mundial, el país quería dar la mejor imagen posible y se organizó una ceremonia donde la intención era unir a todo el mundo. Cuatro muñecos gigantes representaron a las cuatro razas que pueblan la tierra: Romeo, el europeo; Pablo, el americano; Ho, el asiático y Moussa, el africano.

Las críticas ante las ambigüedades que se dieron para adornar a Moussa, el personaje africano, no faltaron. Más porque escasos días antes, en el mes de mayo, cerca de 40 mil personas se citaron en una marcha en París para conmemorar el 150 aniversario de la abolición de la esclavitud. Además, el gobierno en un hecho sin precedentes reconoció la trata de esclavos y su preocupación por erradicarla.

Mientras tanto, el Presidente Jacques Chirac y el Primer Ministro Lionel Jospin entraron en una especie de disputa por ser el fan número 1 de la Selección, obviamente con la clara misión de mejorar su imagen ante el público.

Chirac, al tener mayor autoridad, naturalmente, aprovechó al máximo esa oportunidad y al ser visto en muchos de los entrenamientos del equipo, así como en las concentraciones, logró subir su popularidad hasta en siete puntos una vez concluido el torneo.

12 de julio de 1998. Una fecha que no solo tiene un hueco importante en la historia del deporte francés, sino en la historia del país como tal. Toda Francia era júbilo; en París, más de un millón de personas se dieron cita en los Campos Elíseos.

Zinedine Zidane, quien había sido vapuleado un par de años antes, ahora tenía su rostro siendo proyectado sobre una de las columnas del Arco del Triunfo, donde además se podía escuchar a los millones de aficionados corear el “Zidane Presidente”. Todas las personas, sin importar color o religión, estaban prácticamente a los pies de un francés hijo de inmigrantes argelinos. Difícil de creer.

Y es que el campeonato rozó la épica. El gol de oro de Laurent Blanc en contra Paraguay, los fatídicos penales contra Italia y los dos improbables goles de Lilian Thuram en semifinales para remontar el partido. Ganar el trofeo Jules Rimet parecía inaccesible, pero terminó de la mejor manera posible.

Zidane levantó a los franceses de su asiento con el primer cabezazo, los hizo estallar con el segundo y Emmanuel Petit certificó la goleada sobre Brasil que logró la unión de un país entero.

La felicidad, como era lógico, se apoderó de Francia. La diversidad, por unos ratos, ya no fue un tema a discusión, ni en la calle ni entre los jugadores. Les Blues eran el orgullo de la nación, la identificación de la sociedad con su selección de fútbol era total e irrevocable.

Algo que llama mucho la atención, considerando las tradiciones que había en Francia por la época y por la mezcla que existía en aquella plantilla. Un senegalés (Viera), un armenio (Djorkaeff), un ghanés (Desailly), un argelino (Zidane), un asturiano (Pirès; al que también apodaban ‘portugués’ dentro del vestuario por su padre), un antillano (Henry), un guadalupense (Thuram), un neocaledonio (Karembeu) y un hijo de argentinos (Trezeguet).

Y es que la atmósfera fue inmejorable, no solo tras el pitido final, sino antes del partido. Desde la salida en Clairefontaine rumbo al estadio, los seleccionados galos se empaparon del apoyo de los millones de franceses que sin distinción de color, origen o religión, se unieron esperando la victoria.

Thuram incluso contó alguna vez que tras ver a los brasileños agarrados de la mano al salir del túnel hacia la cancha, él sabía que lo tenían ganado. “Eran apenas 11, mientras que los Blues éramos millones. Así de conectado estaba el equipo con la gente”.

Black-Blanc-Beur

Una vez con la Copa del Mundo conquistada, la Francia Azul-Blanca-Roja, se convirtió en Negra-Blanca-Árabe (Black-Blanc-Beur en francés). Tres palabras controversiales si se usaban en la misma oración, pero que reclamaban una especie de nueva identidad colectiva, la de un país con la esperanza de salir adelante gracias al choque cultural que tenía. Esto se convirtió en un lema político, principalmente, pero que la gente adoptó con clamor.

La fiebre del Francia campeón llegó incluso a contagiarse en Charles Pascqua. Él mismo había impulsado una serie de leyes anti-migración, aunque tras el campeonato llamó a la regularización de los inmigrantes sin papeles en un hecho sin precedentes.

¿Sería verdad que el fútbol iba a ser una solución ante las dolencias de una sociedad? No. Fue una cortina de humo, resultó no ser más que un calmante ante un problema que iba mucho más allá de la queja por tener futbolistas de orígenes no franceses en su selección. Una problemática con muchísimos años detrás. La victoria en el torneo mundialista sí elevó la moral, tal vez ayudó a crear consciencia, pero como era obvio, no resolvió el problema.

Lo de Negros-Blancos-Árabes acabó siendo más una ambición, un intentó por arreglar un problema político que un hecho. Era algo que estaba mucho más avanzado a la realidad. Aunque se tiene que destacar que marcó un antes y un después en la sociedad francesa.

Para el año 2000, Roger Lemerre reemplazó a Jacquet como seleccionador y Francia mantuvo su inercia ganadora al conquistar la Eurocopa de ese año. Les Blues se convirtieron en embajadores de excelencia de su país, el equipo de moda, al que todos querían ver. Dieron giras prácticamente de lado a lado del planeta. Desde Desde Santiago de Chile, hasta Sydney, Australia (donde no obtuvieron resultados positivos, cabe destacar: 1-0 y 1-1, respetivamente).

Aunque todo el glamour, los tratos de rockstar y el ser llamados un equipo de leyenda también tuvo sus contras. Se convirtieron en presos de las agendas, se les obligaba a hacer muchas cosas con tal de generar buena imagen, sobre todo, la selección tuvo que inmiscuirse sin querer en temas políticos; para bien y para mal.

En octubre del 2000 fueron invitados a conocer a Nelson Mandela en Sudáfrica, un hecho sin precedentes, pues era algo reservado únicamente a jedes de estado. Mandela hizo una excepción, pues considerando el entorno y choque cultural que rodeaba al equipo, veía en ellos un gran símbolo de lucha contra el racismo.

Así, dos años más tarde el Negros-Blancos-Árabes seguía vigente, al parecer. Aunque no todo fue color de rosa, lo que empezó con un movimiento de unidad y creación de lazos entre la gente, terminó con un efecto opuesto.

Francia vs Argelia: la política en un partido de futbol

Ya en 2001, con el mundo aún en shock por los atentados del 11 de septiembre, Francia y Argelia se vieron las caras en un partido jugado casi un mes después del ataque. Era parte de una movida política encabezada por Marie George Buffet, quien fuera Ministra de Juventud y Deporte de Francia en la época y quien estaba convencida de que el partido era una gran oportunidad de reconciliar a ambas naciones 40 años después de la Guerra de Argelia. Es decir: se esperaba que el fútbol pudiera sanar heridas que seguían abiertas.

Las miradas se dirigieron hacia Zinedine Zidane, claramente. Sus padres, originarios de Cabilia, al norte de Argelia, convertían a Zizou en un descendiente directo de aquel país, del cual nunca negó sus raíces, al contrario, se proclamó como un argelino orgulloso. En la previa del partido incluso aseguro que de empatar el partido, él estaría feliz.

El día del partido, la tensión estaba presente. Los operativos policiales alrededor del Stade de France fueron masivos e incluso los jugadores sabían su papel. Thierry Henry le comentó a un jugador argelino que ese día ellos eran los locales. Y sí.

La Marsellesa fue abucheada, los jugadores franceses fueron abucheados, incluso un sector del público arremetió contra Zidane. El partido llegó al 75’ con un 3-1 a favor de Francia, minuto donde la gente no pudo más y comenzó a invadir el campo. Principalmente gente con banderas o camisetas de Argelia. Esto se tomó como un grito desesperado por hacerse notar, por hacer ver a la gente de todo el mundo que estaban ahí, que eran una minoría que merecía ser reconocida a pesar de sus raíces.

Thuram fue uno de los jugadores afectados por aquel episodio y no precisamente por la violencia; cabe destacar que la gran mayoría de las personas que se metieron al césped del estadio lo hizo sin recurrir a ningún acto vandálico. El jugador francés, sin embargo, sí encaró a uno de los aficionados y según el jefe de prensa de la selección, Thuram le dijo que no sabía la repercusión social que eso causaría, que pensara en su acto no como una mofa, sino como un tema del que se iba a hablar en la prensa incluso internacional. La molestia fue evidente y el partido concluyó siendo un punto de quiebre.

Según una encuesta de Ipsos el 12 de octubre del 2011, el 58% de la gente calificó lo que pasó en el Stade de France como grave, ya que mostraba una realidad que no se quería aceptar: muchos franceses descendientes de otros países, no se sentían integrados en la sociedad.

Las elecciones

Quien resultó favorecido de estos acontecimientos fue la ultraderecha. Bruno Mégret lanzó su candidatura a la presidencia enfrente del Stade de Francia bajó el lema “Restaurar el orden en Francia”. Y aunque al final no estuvo cerca de los primeros lugares en las elecciones primarias de abril del 2002, su antiguo mentor, el también ultraderechista Jean-Marie Le Pen sorprendió a propios y extraños al colocarse segundo en las votaciones con un 17%, solo 3% menos que el derechista Jacques Chirac.

Lo más sorprendente y que alarmó a un sector de la sociedad es que por primera vez en la historia de la Quinta República un candidato de ultraderecha iba a ser finalista en la contienda por la presidencia. Muchas personas asumen que esto se dio debido al fracaso de negros-blancos-árabes por arreglar las cosas entre las minorías y la sociedad en general.

El Frente Nacional estaba cada vez más fortalecido y la situación llegó a tal grado que hasta Zidane se animó a hablar sobre política de manera pública y convocó a la gente a combatir a la ultraderecha.

“Cuando ves una tasa de abstención del 30% que da como resultado la segunda vuelta entre Chirac y el otro, tenemos que decirle a la gente que tiene que votar. Y estoy midiendo mis palabras al decir esto. Tienen que pensar en las consecuencias de votar por un partido que no está para nada alineado con los valores de Francia”, dijo el mítico futbolista. Así, sin siquiera mencionar el nombre de Le Pen.

No se puede saber a ciencia cierta cuánto pesaron las palabras de Zizou en la gente, sin embargo, dada su calidad de héroe en el país, no es ninguna sorpresa que sus declaraciones, las cuales hicieron eco en toda Francia, tuvieran mucho que ver en el resultado final.

Casi un millón de franceses salieron a manifestarse antes de la segunda vuelta de elecciones ante gritos de “Le Pen fascista” y “No pasarán” (un lema utilizado por un movimiento creado por la extrema izquierda en contra de Jean-Marie). El 5 de mayo del 2002, Chirac venció a Le Pen y fue reelegido tras apabullar con el 82% de los votos.

En el aspecto futbolístico, Francia tuvo una terrible Copa del Mundo en 2002. Apoyados por el boom que ocasionaron sus dos títulos seguidos de Mundial y Euro, el equipo cayó en la mercadotecnia y ellos mismos eran conscientes de que no estaban listos para encarar el torneo, menos después de que incluso en algunos comerciales ya les ponían la segunda estrella como si fuera un hecho que serían bicampeones.

Los problemas para Les Blues no han estado exentos desde entonces, durante los últimos años han tenido problemas debido a posibles casos de racismo. El más sonado es el de Karim Benzema, quien fue separado de Francia tras la disputa legal con Mathieu Valbuena (se le acusaba de ayudar a chantajear a su excompañero de selección); el jugador del Real Madrid, sin embargo, acusó a Didier Deschamps de separarlo por dejarse llevar por la parte racista de Francia.

Aquel equipo de leyenda de 1998 fue visto como un reflejo de la diversidad, pero no perduró y se volvió artificial. Aun así, el impacto que tuvo en la sociedad y en la historia del país, no se puede ocultar. Ya lo escribió Lilian Thuram en el prólogo del libro Le métissage par le foot: l’intégration, mais jusqu’où? (El mestizaje y el futbol: integración, pero ¿hasta dónde?) de Yvan Gastaut: “Nuestra victoria podría simbolizar una realidad no siempre perceptible… nos guste o no, en Francia, hay un antes y un después de Francia 1998”.